jueves, 18 de septiembre de 2008

Brasil, Brasil. Tercer viaje. El reecuentro

Pisé suelo brasileño y ya percibí que la cosa empezaba mal...diluviaba fuera del aeropuerto con furia tropical, nos habían perdido la maleta de Menchu, nos entretuvieron rellenando formularios y la ciudad de Bello Horizonte, desde la ventanilla del taxi, no me pareció bella y tampoco pude distinguir horizonte alguno en medio de la noche lluviosa. Tensión.... . un mal comienzo que nos llevó a ser algo injustas con la capital de Minas Gerais, que me dio la imagen de ruidosa, sucia, destartalada y estresante. Sin embargo, días después, cuando regresamos para tomar el avión a Puerto Seguro, pude comprobar muy de pasada su perfil de ciudad culta, acogedora y joven que luego me confirmaron otros viajeros....pero, el caso, es que de allí salimos literalmente huyendo rumbo a Ouro Preto con la esperanza sobre todo de cambiar el mal fario.

Ouro Preto, está enclavada en un profundo valle y los colores que predominan en su entorno son toda la gama de marrones en sus montañas, azules en sus cielos y blancos, amarillos y verdes en sus edificios. Allí tienes la sensación de pisar un espacio donde se han vivido muchas vidas al límite, como de hecho tuvo que ser, si se tiene en cuenta la fiebre de oro que sacudió su entorno a principios del siglo XVIII. Es fácil imaginar a los mineros pobres, sobre todo negros llegados de África como esclavos; los señores portugueses ávidos de riqueza llenando sus arcones rumbo a Europa; los temibles clérigos evangelizadores y despiadados construyendo incansables las decenas de iglesias que hoy presiden plazas y cerros. Se presienten los bandidos buscavidas, los mineros muertos en sus entrañas, los déspotas, las damas.....y circulan multitud de leyendas que incluyen fantasmas caminando por el difícil adoquinado de sus calles . No tiene nada de extraño que existan en un sitio así...puede que anden buscando una venganza, consumar un amor , el oro escondido, la vida perdida.... y al parecer por allí deambulan entre turistas y moradores.

Quizá por eso la primera noche que dormí en Ouro Preto, compartiendo habitación con Menchu , tuvimos ambas un sueño coincidente (quiero pensar que fue eso) y entre la bruma oscura y silenciosa de la madrugada vimos la imagen de nuestro pousadero, llamado Claudio, que nos miraba en silencio junto a nuestras camas a través de sus ojos estrábicos... Solo miraba, no pasó nada más. Las dos lo soñamos, o lo vimos, o lo imaginamos... y aún ahora me recorre un escalofrío cada vez que lo recuerdo. Pero Ouro Preto me pareció muy especial, una de esas ciudades que te acogen o te rechazan y que a nosotras decididamente nos acogió los cuatro días que allí estuvimos subiendo y bajando sus empinadas calles.

Pero yo tenia una idea fija en mi cabeza: Trancoso. Durante dos años lo había soñado, imaginado y evocado, de manera que mis pas
os tenían que dirigirse cuanto antes hacia el sur de Puerto Seguro donde deseaba el reencuentro con los días que allí había pasado, con su gente, con su mar, con el indio...de manera que pasamos de nuevo por Bello Horizonte a por la maleta viajera y, por fin recuperada volamos al día siguiente rumbo a mi añorado destino. De nuevo pasamos por el ritual de la lancha y el bus saltarín y conseguimos llegar a Trancoso poco antes de uno de sus rosados atardeceres de cuento. La verdad, yo iba emocionada y bastante embobada por el momento, tanto que aún estando a veinte metros de la plaza del Cuadrado no la reconocí y tuve que preguntar por ella. Y, por fin, allí estaba yo una vez más, mirando el mar desde el acantilado detrás de la blanca iglesia, que allí permanecía. Por desgracia el resto de lugares no habían seguido la misma suerte, y muchos ya no existían o habían cambiado, como el Sao Bras donde se bailaba el forró.

Pero lo peor, sobre todo, fue comprobar a la mañana siguiente que nuestro barco-chiringuito de la playa tampoco había soportado el paso del tiempo y permanecía allí anclado en la arena, sin música, sin gente, sin vida....de los viejos conocidos ¿qué decir? por allí no estaban.... tampoco el indio, que por fin apareció al cabo de tres días para regalar mis oídos con bonitos susurros por unas horas y desaparecer después rumbo a un misterioso lugar , quizá para siempre jamás. De manera que consolé mis días trancosianos a base de interminables paseos por la playa y diciéndome a mí misma repetidas veces, que ningún viaje es igual a otro aunque el destino sea el mismo y que los indios son trashumantes, solitarios y poco amigos de explicaciones. De manera que tras una semana abandonamos Trancoso, yo algo melancólica y con una importante lumbalgia producto de los mencionados paseos.

Sucedieron más cosas, conocimos más gentes, descubrí Cachoeira, la cuna del candomblé; visitamos Arembepe, la Aldeia Hippy fundada en los años sesenta y habitada actualmente por abuelos que fueron jóvenes en aquellos años y que siguen allí en su nube mariguanera viviendo en sus casas sin luz y puertas abiertas; también pude comprobar que Salvador había crecido y que seguía alfombrando imparable todos sus montes próximos de favelas y más favelas...

Se acabó el viaje y, como en las otras ocasiones, esta vez sin promesa por medio, regresé a casa con la sensación de haber dejado cosas pendientes que me obligan al regreso. Yo creo que Bahía a pesar de ser solo un pequeño pedazo en el mapa de Brasil, uno más de sus veintisiete estados, me provoca cuando lo visito, entre otras muchas, la sensación de pisar varios continentes a un tiempo y eso es lo que me atrae hacia sus playas y gentes. A veces me asalta la duda.... ¿estuve en África o estuve en America?.