domingo, 11 de enero de 2009

Desde la barra del Agapo


Si cierro los ojos y consigo concentrarme lo veo y lo escucho todo con claridad. Era mediados de los ochenta y yo pasaba la mayor parte de las horas detrás de la barra de un garito ruidoso y atestado en pleno barrio de malasaña, poniendo cañas y copas a granel a un ritmo tan acelerado como la propia música que allí sonaba . La otra parte de mis horas las pasaba delante de esa misma barra, haciendo lo que el resto de los mortales que la frecuentaban, beber, ligar, reir y hablar a voces. Mientras lo recuerdo, las imágenes desfilan vertiginosas y los sonidos hacen vibrar mi mente ahora, lo mismo que entonces hacian vibrar nuestros cuerpos...
El palentino, la Via, El King Creole, el Rock Club, La Vaca, el Sol, la sala Astoria, ... la laca, el rastro los domingos, los polvos de la cara, el stolisnaya con naranja, el golpe de tequila, los polvos en mi nariz, el chupito de Jhonny Walter, la Gran Via a las 6 de la mañana, muchos polvos en muchas camas, las chupas Perfecto, los viajes a Londres, los franceses, los mods, los rokers, las medias de rejilla, la resaca, el pedo, el pedo, la resaca, “el que no ha pillado ya no pilla”, el peseta que me lleva a casa, el Turmix, el concierto cada noche, los centuriones, los punkis, la mini de cuero, el pelo cardado, la madrugada, Jhonny Thunders contando billetes, las botas Sendra, los Sex Museum, la luna de Madrid, el pedo, la resaca, la resaca, el pedo, Los Ramones, el Camarón en una esquina, los municipales, la papela, Joe Strummer sonriendo, la cabina, el tigre inundado, Sonic Youth, las birras, Easy Rider, la bronca, las sisters, la pasma, los Flaming Groovies, el Poch repartiendo pinzas, la Mahou, los travestis del Palentino, el ron Flor de Caña, el homenaje a los Clash, los sandinistas en Nicaragua, las Sex Tatoo, la calle Madera de madrugada, mi hermano Quique haciendo surf en las gradas, los Dead Kennedys, el último garito que cierra, las Runaways, la churrería de la calle Escorial, el dj dormido en el tigre, el hielo en la gasolinera, el villa de Madrid, Shane Mcgowan de los Pogues borracho, Iggy Pop cantando Lust for life, la Velvet, Los Barracudas, el maletín de vinilos, los flequillos sesenteros, Los Lyres, mis pendientes de gitana, Manu Chao con Los Carallos, los vecinos que llaman a la poli, los cócteles psicodélicos, las camisetas del Agapo.............muchos recuerdos ya se han perdido; unos porque yo he querido y otros porque a estas alturas una tiene lagunas imposibles de atravesar.....el Agapo. Va por vosotros..


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jueves, 18 de septiembre de 2008

Brasil, Brasil. Tercer viaje. El reecuentro

Pisé suelo brasileño y ya percibí que la cosa empezaba mal...diluviaba fuera del aeropuerto con furia tropical, nos habían perdido la maleta de Menchu, nos entretuvieron rellenando formularios y la ciudad de Bello Horizonte, desde la ventanilla del taxi, no me pareció bella y tampoco pude distinguir horizonte alguno en medio de la noche lluviosa. Tensión.... . un mal comienzo que nos llevó a ser algo injustas con la capital de Minas Gerais, que me dio la imagen de ruidosa, sucia, destartalada y estresante. Sin embargo, días después, cuando regresamos para tomar el avión a Puerto Seguro, pude comprobar muy de pasada su perfil de ciudad culta, acogedora y joven que luego me confirmaron otros viajeros....pero, el caso, es que de allí salimos literalmente huyendo rumbo a Ouro Preto con la esperanza sobre todo de cambiar el mal fario.

Ouro Preto, está enclavada en un profundo valle y los colores que predominan en su entorno son toda la gama de marrones en sus montañas, azules en sus cielos y blancos, amarillos y verdes en sus edificios. Allí tienes la sensación de pisar un espacio donde se han vivido muchas vidas al límite, como de hecho tuvo que ser, si se tiene en cuenta la fiebre de oro que sacudió su entorno a principios del siglo XVIII. Es fácil imaginar a los mineros pobres, sobre todo negros llegados de África como esclavos; los señores portugueses ávidos de riqueza llenando sus arcones rumbo a Europa; los temibles clérigos evangelizadores y despiadados construyendo incansables las decenas de iglesias que hoy presiden plazas y cerros. Se presienten los bandidos buscavidas, los mineros muertos en sus entrañas, los déspotas, las damas.....y circulan multitud de leyendas que incluyen fantasmas caminando por el difícil adoquinado de sus calles . No tiene nada de extraño que existan en un sitio así...puede que anden buscando una venganza, consumar un amor , el oro escondido, la vida perdida.... y al parecer por allí deambulan entre turistas y moradores.

Quizá por eso la primera noche que dormí en Ouro Preto, compartiendo habitación con Menchu , tuvimos ambas un sueño coincidente (quiero pensar que fue eso) y entre la bruma oscura y silenciosa de la madrugada vimos la imagen de nuestro pousadero, llamado Claudio, que nos miraba en silencio junto a nuestras camas a través de sus ojos estrábicos... Solo miraba, no pasó nada más. Las dos lo soñamos, o lo vimos, o lo imaginamos... y aún ahora me recorre un escalofrío cada vez que lo recuerdo. Pero Ouro Preto me pareció muy especial, una de esas ciudades que te acogen o te rechazan y que a nosotras decididamente nos acogió los cuatro días que allí estuvimos subiendo y bajando sus empinadas calles.

Pero yo tenia una idea fija en mi cabeza: Trancoso. Durante dos años lo había soñado, imaginado y evocado, de manera que mis pas
os tenían que dirigirse cuanto antes hacia el sur de Puerto Seguro donde deseaba el reencuentro con los días que allí había pasado, con su gente, con su mar, con el indio...de manera que pasamos de nuevo por Bello Horizonte a por la maleta viajera y, por fin recuperada volamos al día siguiente rumbo a mi añorado destino. De nuevo pasamos por el ritual de la lancha y el bus saltarín y conseguimos llegar a Trancoso poco antes de uno de sus rosados atardeceres de cuento. La verdad, yo iba emocionada y bastante embobada por el momento, tanto que aún estando a veinte metros de la plaza del Cuadrado no la reconocí y tuve que preguntar por ella. Y, por fin, allí estaba yo una vez más, mirando el mar desde el acantilado detrás de la blanca iglesia, que allí permanecía. Por desgracia el resto de lugares no habían seguido la misma suerte, y muchos ya no existían o habían cambiado, como el Sao Bras donde se bailaba el forró.

Pero lo peor, sobre todo, fue comprobar a la mañana siguiente que nuestro barco-chiringuito de la playa tampoco había soportado el paso del tiempo y permanecía allí anclado en la arena, sin música, sin gente, sin vida....de los viejos conocidos ¿qué decir? por allí no estaban.... tampoco el indio, que por fin apareció al cabo de tres días para regalar mis oídos con bonitos susurros por unas horas y desaparecer después rumbo a un misterioso lugar , quizá para siempre jamás. De manera que consolé mis días trancosianos a base de interminables paseos por la playa y diciéndome a mí misma repetidas veces, que ningún viaje es igual a otro aunque el destino sea el mismo y que los indios son trashumantes, solitarios y poco amigos de explicaciones. De manera que tras una semana abandonamos Trancoso, yo algo melancólica y con una importante lumbalgia producto de los mencionados paseos.

Sucedieron más cosas, conocimos más gentes, descubrí Cachoeira, la cuna del candomblé; visitamos Arembepe, la Aldeia Hippy fundada en los años sesenta y habitada actualmente por abuelos que fueron jóvenes en aquellos años y que siguen allí en su nube mariguanera viviendo en sus casas sin luz y puertas abiertas; también pude comprobar que Salvador había crecido y que seguía alfombrando imparable todos sus montes próximos de favelas y más favelas...

Se acabó el viaje y, como en las otras ocasiones, esta vez sin promesa por medio, regresé a casa con la sensación de haber dejado cosas pendientes que me obligan al regreso. Yo creo que Bahía a pesar de ser solo un pequeño pedazo en el mapa de Brasil, uno más de sus veintisiete estados, me provoca cuando lo visito, entre otras muchas, la sensación de pisar varios continentes a un tiempo y eso es lo que me atrae hacia sus playas y gentes. A veces me asalta la duda.... ¿estuve en África o estuve en America?.










jueves, 24 de julio de 2008

Brasil, Brasil. Segundo viaje. Trancoso

Juré que regresaba y lo cumplí...¿porqué no?, en ese momento me lo podía permitir y para mí era casi una medicina para el espiritu y para el cuerpo. Brasil, Brasil....Este viaje lo hice sola con con mi amiga Bea y si algo bueno tiene viajar con una jefa de producción es que todo está muy, pero que muy bien controlado desde un principio...y menos mal... porque yo, aparte de ser bastante desastrosa, había tenido un percance que me obligaba a arrastrar, literalmente, mi pierna izquierda con la rodilla hinchada y dolorida. Un mal comienzo que me llevó a estar los dos primeros dias en Rio de Janeiro postrada en la cama del hotel mirando a través de la ventana un bonito parque frecuentado por deportistas... Pero, finalmente, la naturaleza humana se sobrepone cuando la mente, poseida por el deseo, le da ordenes al cuerpo para que haga algo que éste no quiere hacer y en este caso, la orden fué clara: "¡levantate y anda!"

Así que poco a poco pude andar y nos fuimos a Paraty pues yo había leido maravillas acerca de esta población al sur de Rio y la referencia resultó ser buena, muy buena, porque Paraty es una delicia de pueblo colonial de adoquinadas calles, debo confesar que nada fáciles para una pobre convaleciente de cojera como yo. Allí disfrutamos de bonitos paseos en barco y nuestras primeras capirinhas junto al mar que nos dieron fuerza a mí para andar y a Bea para dormir, pues a partir de ese momento mientras yo miraba a traves de ventanillas de aviones y autobuses, mi compañera dormía placidamente como la bella del cuento. De manera que en estas condiciones y con mis tarjetas bancarias desactivadas por arte de magia (lo que me hacia depender de la caridad de Bea), nos fuimos a pasar unos dias, ¡por fín¡, a Rio, a cuyo respecto me niego a soltar los tópicos que se aplican a tamaña ciudad, así que solo diré que ejercimos de ejemplares turistas, paseamos por Copacabana, nos bañamos en Ipanema y ¿como no? subimos al Corcobado y al Pan de azucar.....Pues bien, pasada esta primera etapa, puedo decir que el viaje solo tuvo ya un nombre: Trancoso.

A Trancoso, antiguo publado indio junto a Porto Seguro, llegamos despues de coger un avión, un taxi, un barco y una van (furgonetilla compartida con otros). Pero ese esfuerzo tuvo sobrada recompensa .....Afirmar que pasamos allí unos dias muy felices, puede parecer exagerado, pero lo cierto es que las condiciones que allí se dan facilitan mucho, pero que mucho, las buenas vibraciones, la risa y las ganas de quedarse para siempre jamás . Enseguida hicimos amistades entre los locales, los de paso, los hippys que se buscan la vida, los niños que juegan en las calles....y con todos ellos nos encotrabamos por las mañanas en la playa, siempre en nuestro chiringo preferido, una barcaza encayada en la arena, y por las noches en la plaza del Cuadrado o bailando samba, que algunos voluntarios se esforzaban en enseñarnos, en el Sam Bras el único garito abierto esa temporada.

Y allí en la playa fué donde conocí a un indio pataxó de mirada profunda que me hizo revivir los quince años, cuando te gusta tanto alguien que no te atreves ni a mirarle. Estuvimos días persiguiendonos con encuentros y desencuentros que por fín dieron su fruto, casi cuando planeabamos irnos. De ese modo no tuvimos mas remedio, por tanto, que prolongar la estancia, cosa que hicimos sin mucho esfuerzo, tan bien acompañadas como nos encontrabamos y, la verdad, a día de hoy todavia sigo sin saber por qué demonios al final nos fuimos de allí... Hubiera sido facil quedarse hasta el último día, dejandose llevar por la brisa, el mar y el indio. Fué en Trancoso donde caí en la cuenta de la cantidad de veces que los brasileños utilizan la palabra "belleza", ¡y cómo lo dicen!, parece que se columpiaran de una ele a la otra: bellllleza. Utilizan esa palabra para hablar del tiempo, para saludar, para elogiar, para afirmar algo...El caso es que nos fuimos de Trancoso, donde dejé mi promesa de regresar y me llevé otra de esperar.

De Trancoso nos fuimos a Boipeba, donde yo ya había estado el año anterior. Se trata de una preciosa isla de dificil acceso con unas larguisimas y solitarias playas y la desembocadura del rio do Infierno que en algunos tramos parece una reproducción en pequeñito del Amazonas. De nuevo allí volvimos a hacer pandilla pues el primer día conocimos a un curioso e inspirado rasta llamado Bobby Esponja que nos acompañó por playas y bosques para que nos nos sintieramos solas...cosa que no sucedió en ningún momento, ya que a la pequeña "tribu" se unieron otros personajes y especialmente un guia local llamado Sandro deseoso por casarse con alguna turista europea y que de hecho nos llegó a ofrecer una barquinha de pesca a cambio de matrimonio. Personalmente, como tengo mis principios desheché la idea, pero Boipeba podría ser un sitio ideal para echar el ancla...reocorrimos parte del rio en barco, comimos langostas recién cogidas que nos vendían sus propios pescadores, vimos cada día una puesta de sol que mejoraba la del anterior...y una mañana dejamos la isla despidiendo desde el barco a nuestros amigos, cuyas figuras se hicieron cada vez más pequeñas hasta desaparecer en el horizonte infinito.

Y en barco fué como llegamos a Salvador de Bahía, donde recalamos por solo tres días, que dieron para subir y bajar Pelurinho muchas veces, de día bajo un sol de justicia y de noche entre batucadas. Nuevos amigos, algunas caipirinhas más y, lástima, en un plis plas nos pusimos en el Aeropuerto donde embarcamos en el avión que de nuevo me alejaba de mi tierra soñada....y mientras éste despegaba una vez más juré que pronto volvería, no en vano tambien había dejado en tierra alguna que otra promesa por cumplir.


miércoles, 23 de julio de 2008

Brasil, Brasil. Primer viaje. El descubrimiento

La última vez que visité Brasil fué hace dos años y repetía despues de que el año anterior lo visitara por primera vez quedando impresionada, conmovida y para siempre ya tocada por su magia, su naturaleza, su gente, su música...Aquel primer viaje lo realicé con Elena y Charly que además de Julieta de tres años se hacían acompañar por Candela una bebé de apenas uno y Simone la niña brasileña que se trajeron de pequeña a Madrid para darle estudios y mejorar su vida y que en aquellos dias cumplía los quince años... Formabamos un curioso grupo que no pasaba desapercibido: una pareja ,una adolescente, dos bebés, dos cochecitos y yo, además de Daisy la hermana de Simone que se unía a nosotros en algunos tramos del recorrido. El ser tanta gente y tan variada, no impidió que nos movieramos y mucho por una buena parte del estado de Bahía y, partiendo de Salvador donde montamos el cuartel general en casa de Rocio, la hermana de Elena, recorrimos Arembepe con su aldea hippy; Praia do Forte con sus tortugas; Morro de San Paolo, donde se llega en barco y no pueden entrar los coches; Boipeba, el paraiso en medio del Atlántico...Como es lógico, al viajar con niños, llevabamos con nosotros un buen número de bultos, además de los mencionados coches, mochilas y variadas bolsas que Elena se encargaba de organizar con la perfección de un jefe de campamento.

Aquel viaje dió para todo....encontramos viejos conocidos, como Javi Alimaña, que pasaba por Salvador, con quien estuvimos tomando caipirinhas en la playa de Itapúa y conocimos otros, como mi amigo Robertinho, que vendía sus collares artesanos en las playas y que terminó uniendose al grupo los dias que paramos por Pelurinho; celebramos los quince años de Simone en la casa de su familia en una de las favelas que rodean Salvador, con todos sus tios, primos, hermanos y vecinos; conocimos La Rosinha, un barrio dentro del Pelu, vetado para los turistas y en el que pudimos escuchar el reegue más actual mientras tomabamos las cervezas que vendían a traves de las ventanas, intuimos que junto a otros productos sin etiqueta.....Ese primer viaje me hizo descubrir las playas brasileñas, las mas divertidas del mundo, donde queda descartado el aburrimiento, donde todo se vende y en algunos casos se alquila, donde se ven, se miran y, si se puede, se tocan todo tipo de cuerpos...Me fascinó el mundo bahiano y juré regresar el año siguiente.